lunes, 23 de agosto de 2010

Walk

Wordreference.com tiene lo suyo. Define walk así:
walk1 /wɔ:k/ verbo intransitivo
(go by foot) caminar, andar(conj.⇒) (esp Esp);
(in a leisurely way) pasear;
(go along) ‹hills/path› recorrer
(take for walk) ‹dog› pasear, sacar(conj.⇒) a pasear
(accompany)
acompañar.

De todas las acepciones mencionadas las que más me gustan son recorrer y pasear.

Ha de ser este mundo globalizado el que me obligó a decir walk y no caminar, y también es culpa de las películas hollywoodenses chafa que evoque junto a esa palabra un semáforo con un hombrecito verde que le indica a los transeúntes que es hora de cruzarse tal avenida en una ciudad tan enorme como Nueva York.

Caminar no es lo mismo que dirigirse a pie a algún sitio. No, no es lo mismo. Caminar requerirá de una decisión trascendental: elijo por hoy no usar el transporte colectivo y usar mis piernas para llegar a tal sitio.

A mí me gusta caminar. Siempre soñé con vivir más o menos cerca de mi colegio, universidad o trabajo para andar a pie por las calles.

Me gusta caminar porque es un acto egoísta, supremo y lleno de poder.

Si vas a pie no tenés por qué sucumbir a la voluntad del señor busero, el conductor o cualquier contratiempo como el tráfico.
Mi teoría es que el tráfico va a terminar matándonos de puro estrés, de la pura impotencia de no poder solucionarlo, de no poder tirarnos de la buseta y caminar.

Caminar es lujo en mi país.
Jamás disfrutaremos de esos los paseos al estilo inglés, esos de las películas cursis a lo Jane Austen. Pasear. Deleitarse del panorama, y luego tomar el té. Caminar y descansar.

Pasear es un lujo porque aquí no tenemos chance de hacer flirteos en bosques, ni de sentarnos en banquitas, mucho menos hacer picnic. (Pregúntele a La Gran Vía y a Grupo Roble qué hicieron con nuestros bosques.)

Mi tía no camina. Ella está obligada a tomar dos autobuses para llegar a su trabajo porque desafortunadamente vive lejos, muy lejos. Más allá de la pedrera en la cordillera del Bálsamo, sobre esa calle que se supone construyeron los reos (atados a una bola de metal, como en los muñequitos de la Metro Golden Mayer). Ella y muchos más gastan sus centavos en ir y venir en bus. Una lástima total.

Caminar no siempre es una opción.
¡Qué terrible es perder tanto poder!
¡Qué brutal es no poder ejercer la voluntad!

Por eso, ahora que puedo, aprovecho caminar. Sí, tomo un bus que me deje a la mitad del camino, pero la otra mitad es mía y solo mía.

Me gusta recorrer las calles porque elijo mi ritmo, conozco atajos y no me alejo de la realidad.
Vivo la ciudad porque no cierro mi ventanilla para evitar que unos chiquillos malabaristas con limones me pidan una peseta gringa.

Camino porque así saludo a la señora que vende el periódico, el que vende pupusas e insulto a uno que otro jornalero, panadero u oficinista que me diga algún piropo estúpido.

Me gusta caminar porque siento, en cada arriate o jardín que hallo, la tierra ahí debajo. Camino con chancletas, que es lo mejor de todo. Mal para la estética, bien para el alma.
Camino porque este trabajo me obliga a estar sentada, porque así veo despacito cómo el cielo se colorea de naranjas, porque me gusta escuchar los pericos.

Camino para hacer efectivos mis tres dólares de vialidad anual.

Andar a pie es una manera prepotente de confirmarme que no necesito un carro, y que puedo no comprármelo todavía, es para decirme que las calles son mías porque las uso.

Me gusta caminar porque es egoísta, voluntarioso y, sobre todo, porque no me gusta esperar a nadie.

PD: Ahora imaginen caminar con doña Nina Simone, mientras suena esta:

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