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Fugaz

Nahomy Dayanara tiene las calcetas sucias y los zapatos llenos de polvo. Las mejillas amelocotonadas no ocultan sus ojeras de herencia, tiene lunares aquí y allá, y en su cola de caballo lleva un hule celeste que amarra su indómito cabello castaño.

Nahomy se sienta como se sientan las muchachas mayores, con una pierna cruzada sobre la otra y con el pie colgante en punta. Va en un asiento desvencijado del bus y se agarra fuerte con una mano mientras la otra descansa en su regazo, sobre esa falda cuadriculada.

La lonchera de Colas y Bigotes grita su nombre con tinta azul. La oculta de a poco, como si la elección de ese artículo le diera vergüenza ahora y no antes, cuando quizá emocionada la abrazó contra su pecho. A su lado va un hombre.

No, no. No es un hombre aún. Es un muchacho fornido, pero aún no es un hombre si de complejidades hablamos. Nahomy lo mira de cuando en cuando (¿se sonríe?), y mueve una de sus manos más allá, cerca de él, cuando el bus hace curvas.

En las paradas, Nahomy se yergue, estira su cuello y ladea la cabeza en señal de «soy interesante, mírame». A veces mueve el pie colgante como reloj de péndulo. Sonrisitas aquí y allá, ¿se siente exquisita?

Nahomy va sentada junto a un muchacho mucho mayor que ella, y ha de ser una gloria pensar en que quizá él se fije en la belleza de una niña de colegio, en que de pronto le pregunte su nombre y se pongan a platicar. Ha de ser un sueño que quizá algún día lo vuelva a ver y él la invite a un licuado de fresa. Ha de ser una gloria…, pero nada pasa, como siempre. Por eso las fantasías son fantasías.

Sin ella preverlo, el hombre se levanta. Quizá él dijo «con permiso», y Nahomy, quien ha ido en la parte de afuera del asiento, se gira con lentitud y deja pasar al tipo. No se desesperanza ni nada, tan solo se queda girada y contempla cómo ese ser viril a quien casi le toca la mano se aleja. Se va. Los ojos de ella se mueven de arriba hacia abajo, estudiándolo. No lo deja ir del todo, espera que se baje, y mira el rumbo que él toma en la calle.

Ahora Nahomy Dayanara está huérfana, y se ha quedado tan sola como solo puede estar sola una niña de once o doce cuando un amor fugaz se va. ¡Qué dicha soñar con un tipo extraño! ¿Cuántas fantasías caben en veinte minutos de viaje? ¿Puede Nahomy darse el lujo de tener amores platónicos?

Idilio, ¿dónde te has ido todo este tiempo? ¡Qué de las niñas que aún sueñan! ¡Qué de las fantasías efímeras! ¡Qué de escribir nombres en libretas y cuadernos! ¿Dónde están esos sueños infantiles?

Nahomy se queda silente. Desde el otro lado del bus una mujer de camisa negra escotada dice su nombre: «Shhht, Nahomy, pasate para acá». La niña no hace caso. La mujer lleva en brazos un niño dormido de unos cinco años, es joven, quizá demasiado (¿la parió a los quince?), y le grita de nuevo a media voz su nombre. Es su madre y la reprende por no escuchar.

Ahora Nahomy quizá caiga en la cuenta de que no, no iba sola; que no, en este país no se le pude hablar a los extraños; no, qué es eso de andar fantaseando con muchachitos guapos que se sientan con una en el bus; que no, no se puede ser inocente.

Los datos solo revelan nuestras costumbres y a veces malos giros: treinta y tanto por ciento de las madres de este país tiene menos de 20 años.

¡Qué espanto no poder soñar!

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