jueves, 3 de febrero de 2011

El país de los locos

─La gente dice que usted y yo estamos locos.
─No, muchacha, cómo va a ser. Casi, pero no. Desmiéntales por favor. No es que uno esté loco; es que venimos del país de los locos, que es distinto. Sí, así: de-los-lo-cos.

»Usted no se deje. Aclaremos: no estamos locos, deberíamos, pero por milagro no se nos nota tanto. Aunque con tanta cosa horrenda que pasa aquí… 

»Le explico. El otro día unas muchachas hablaban de una entrevista que leyeron, era de un psicólogo que evalúa a los reos y les dice: “Sí, bueno… usted parece normal, vaya a juicio”. Ellas decían que aquí sí era terreno de cultivo para maldades: cárceles a reventar, policías que le hacían favores a los reos, sin casas de rehabilitación… La lista seguía hasta el hartazgo. Eran jóvenes y querían arreglar el mundo. ¡Pobres! Si los que roban y matan son gentes sanas, ¿qué santidad somos nosotros?

»Las muchachas, como eran entendidas, decían que el modelo social y blablablá. Yo estaba va de preguntarme si eso del modelo social funcionaba, porque si uno se fija en las familias con los papás por un lado, los cipotes por allá sin que nadie los corrija, sin ir a la escuela, pues… ¿qué bondades saldrán de ahí?

»Me compadezco del pobre hombre que le toca escuchar a tanto malhechor. Aunque aquí a simple vista se saca un diagnóstico. Este país es una locura. A ver, dígame: ¿es normal que ande tanta muchachita panzona por ahí? ¿Verdad que no? ¡Qué es eso de que ni han terminado de criarse y ya se ponen a criar! Otra, que los mismos papás las violen... y cosas peores. Uno ve el montón de casos, pero no, no debería ser así.

»El otro día salió en el diario que supuestamente bajaban las cifras de muertos y nada… Para arriba se fueron los números: 11, 13, ¡17! ¡Que ni deberíamos andar contando a tanto muerto dice la gente! ¡Ya aburren! ¡Cómo va a creer! Cada numerito es un muchachito que no se despidió de su mamá, su papá... Tanta muchachada sin graduarse. Que no nos importen los muertos… eso es ser enfermo.

»Mire nomás, pistolas en las escuelas, maestros que le temen a sus alumnos… ¡Una barbaridad! ¿Qué es eso que uno se enmiende en cada salida y que en las despedidas uno diga “por si no vuelvo”? ¡Qué angustia! ¿Qué será anormal si aquí todo lo terrible nos parece cotidiano?

»Entre más salgo, más me angustio, ¿y si ese niño en vez de venderme dulces me pega un tiro? Le dan a uno ganas de salir corriendo. Yo creo que sí, ha de ser una locura seguir en este sitio. Ha de ser una locura tremenda poder irse y no hacerlo.

»Exámenes a los reos… Si aquí nos hacen uno de esos exámenes psicológicos, ¡salimos todos quebrados!  Normales… no, no. ¡Qué vamos a ser normales!

»Esto se está poniendo turbulento. Ya no hablemos de cosas feas porque me pongo agrio y eso me cae mal para el azúcar…»

─Profe, disculpe, tengo una preguntita: ¿de verdad no estamos locos?
─ ¡Ay, mujer!, ¿sabe qué? Sí y sí. Uno no debe andar mintiendo. 

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