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Calles de piedra

Es de tarde y hace calor. Me bajo de un ruidoso autobús y camino rápido para alcanzar la acera. Pienso en que ojalá un día alguien compre ese terreno baldío que está frente a la quebrada. Pienso, mientras atravieso esos cuarenta metros de camino de tierra, piedra y hierba seca, en que ojalá una empresa arregle esa (maldita) calle que me incomoda pasar. Me digo: deben arreglar el camino. Si es una calle "comercial" debería estar bien. ¿A quién le toca arreglar ese pedazo de tierra, volverlo asfalto, adoquín o cemento? ¿Por qué nadie ha hecho nada? ¿Por qué tanto abandono? La calle tiene desniveles provocados por las piedras grandes que sobresalen entre ese fino y blanquecino polvo. Es como un pequeño abismo entre límites de asfalto y cemento. Es una tierra antigua que quizá tardó miles de años en llegar a ser eso que se pega en mis zapatos y sacudo con algo de rabia. Las piedras que sobresalen del camino no me dejan correr. Toda mi atención se centra en ellas, mi cuerpo...

Carta para los (no) olvidados

Chicos, chicas y usted también: Van a saber perdonarme, pero estos días turbulentos me han dejado con el cabello enmarañado, así que por eso no les había podido escribir. Pero como ya hallé peine de dientes gruesos, de a poco voy ordenando las ideas. Ciertamente debo admitir que hecho en falta vuestras risas y comentarios traviesos. A menudo me encuentro a mí misma sonriéndome, riéndome, pensando en tanta chabacanería compartida. Quizá la soledad ahora se viste de papeles y correos electrónicos administrativos y otras cosas inmundas que nos han ensuciado el alma. Quiero decirles hoy que los llevo acá, en la retina, en la piel también. Y parece que me estoy despidiendo, pero quizá es el tono más preciso, así como el del  Zorro, cuando le dijo al Principito que lo domesticara, quizá con una esperanza para quedarse jugando juntos. Hoy diré que no los he olvidado. No he olvidado los besos de medianoche, tampoco esas risas locas y la cerveza en la boca. Tampoco me he podido de...

Ciclos

A mí eso de poner finales me abruma un poco. Me gusta pensar que hay una continuidad, que avanzo. Cerrar ciclos me hace pensar en que las experiencias son como bolitas de plástico y que dentro hay agua y más juguetes, quizá un pescadito azul, verde o amarillo, quizá otra bolita con una batería que al botarla se enciende y navega dentro de esa otra esfera plástica. No me gusta acumular bolitas y solo mirarlas por dentro porque a mí de lo que me dan ganas es de sacarles todos los juguetes y jugar con ellos. Quiero dejar de pensar en ciclos, quizá deba inventarme una nueva palabra para decir que avanzo, que traigo conmigo todo lo que he hecho estos últimos años, meses, días, horas, minutos y blablablá. No me gusta echar atrás lo que me gusta o no me gusta. Quiero pensar en que son un mosaico que está ahí conmigo, siempre. No quiero pensar en que hoy, que es mi día laboral uno del 2013, reflexionaré con ahínco en que ya casi es hora de preparar las clases. No quiero hacer las cosas...

Triangulaciones infinitas (o la felicidad de levantarse el sobrero para saludar)

¿Cómo puede iniciarse un texto para decir cuánto bien me has hecho ? Quizá la manera más precisa sea esa, ser honesta. Pero, ¿cómo hace una para impresionar a alguien que ha visto mucho? Talvez sacando las pepitas que una ha esculpido con tanto ahínco allá dentro de esa cueva donde dicen que se aloja el corazón. He repensado esta nota en innumerables ocasiones. Desde enviarla por correo postal hasta publicar esta nota electrónica. Elijo la segunda opción a pesar de que la primera resulte más entretenida. Sí, bueno, la modernidad y el corre-corre que no es excusa. Hoy te han saludado muchos y quiero unirme a esa oleada. La primera vez que escuché de vos fue porque una compañera de la universidad me contó de tu clase. Que era fantástica y blablablá. Y yo le creí, y cuando estuve ahí no pude hacer más repetirme como mantra qué-cla-se-más-pe-la-da-omg! Fue de ese modo que descubrí eso de las triangulaciones infinitas, con Pierce. Algo que no me canso de retomar y me sorprende cada ve...

Miedos: silencio

Tengo miedo de quedarme sin palabras. Me da terror venir a este sitio y no tener nada qué decir, que me agobie "el día a día" y volverme una persona que se queja en la calle de equis cosa del trabajo. Quizá lo más terrible pudiera ser que se me olviden las palabras amables, las que son dulces, las que lavan el alma. Quizá por hoy lo que deba hacer es no temerle al silencio. Quizá sea mejor jugar como antes, como cuando el día no acababa.

Casémonos, pues

1 Ahí en un chorrito de la Hacienda lo conocí. Es que yo a él nunca lo había visto. Como a mi mamá no le gustaba ir a cortar a ese lado casi siempre nos íbamos allá abajo, por El Limón. Allá los surcos eran bien bonitos, largos, pero los de por acá no, a mi mamá eso no le gustaba. Pues esa vez no habíamos conseguido donde siempre, entonces nos fuimos para allá. Era el más tranquilo de todos. Es que ese montón de babosos sí que eran locos. Pero Adán no, él era bien serio. 2 Casi siempre nos hallábamos en el bus. Era la época en la que yo iba a la Academia Marlene. Ahí me enseñaron Cosmetología. La niña Marlene era bien seria, no le gustaba que anduviéramos de novias. Entonces yo después de ahí me encontraba con tu papá y nos regresábamos. Él esperaba que yo me fuera en mi bus, y ya después se iba él. 3 Pues un día íbamos para Atecozol, creo yo. Estábamos con tu papá en el desvío (a Sonsonate), y en eso que aparece mi mamá. Ajá tal por cual, me dijo. Y rapidito me llevó para l...

30

A nosotros dos ni nos presentaron. Caímos así, de zopetón. Casi uno detrás del otro. Recuerdo una imagen clarísima. Era de mañana. El sol entraba alegre e iluminaba un sillón color vino que usábamos como bus, casa, montaña, fuerte, sitio de batalla. Recuerdo que él me preguntaba que cuántos años tenía. Yo le contestaba que cuatro, y él me decía que cinco. Eso es lo primero que recuerdo de la relación con mi hermano. Esa diferencia temporal. A mí siempre me tocó repasar sus pijamas, camisas y calzonetas. Es que yo fui una niña bien niño y siempre he estado orgullosa de eso. Recuerdo que no me molestaba mucho aquello, porque yo vengo de una familia extensa muy tradicional en los quehaceres masculinos, rurales y chabacanes. La nuestra es una relación de amor y desesperación. Nos conocemos tanto que nos extrañamos y nos odiamos con cariño por lo que somos. Una relación sana de hermanos. A veces nos admiramos de los logros del otro, a veces no entendemos por qué tomó esa decisión, pero ...