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Entradas

Una habitación propia

Cuando tenía 19 años leí Una habitación propia de Virginia Wolf. El responsable de aquel encuentro fue Don Paco. Cursaba por aquel entonces primer año de la universidad y estaba, como solemos estar, feliz de haber encontrado el charco en el que siempre quise estar. Eso de la vocación es una negociación constante con el azar. Primero está si uno trae el talento y supongamos que se tiene,  digamos, esto de escribir, entonces... ¿qué putas hacés con eso ? Cada día, con más o menos ejercicios, he procurado honrar eso que creo que es mi estrella. Mi gracia, como dicen las abuelas. Cuando leí Una habitación propia estalló en mi cabeza una marejada de ideas sobre cómo ser siempre esto que se supone que quiero ser. Lo que digo de mí de ningún modo es especial, ni siquiera exclusivo. Somos muchos los que estamos en medio de este circo en el que hacemos malabares para seguir en esto que nos gusta. Prometo que no volveré esto una confesión lastimera (ay, qué manía la que tenemos de derrocha...

Rituales

Lo que tengo en mi maleta es una maraña de pelo que se enreda con los cepillos. Es un mascón al que no le gustan las coletas. No, no. Es un arbusto que crece sin control. Y sí, es una molestia para una niña de la fila de atrás, ella no puede ver la pizarra porque a mí no me da la gana ponerme una diadema. Es que me duelen las orejas, le digo. Lo que tengo es una palabra espeluznante en boca de un profesor mendigo. Tengo su desdén y lo pisoteo cada vez que puedo (ahora que soy malvada también). Tengo un péinate. Tengo una libreta llena de consignas del buen vestir y  dudas sobre si la higiene personal es algo que me interesa. Lo que tengo es una caja plástica con ganchos, coletas, diademas y cintas que odio usar. Es que me duele la cabeza, les digo. Ellos no me escuchan.   Tengo el recuerdo de una niña a la que la cola de lado se le ve espléndida. Y su fleco, divino fleco, causante de mis envidias. Tengo conmigo técnicas de alisado y peinado. Tengo también la habil...

Las palabras duelen

Ayer por la tarde invité a mi hermanito a la clase que imparto en una universidad. Se trata de una de esas materias optativas para Ciencias Económicas. Cuando se lo propuse, él me contestó que con gusto, que quería pasar tiempo conmigo y me preguntó si los chicos de la clase lo iban a molestar. Le dije que no y me creyó. Cuando llegamos al salón, le pedí que se sentara al final para que no distrajera la clase. Ese quizá fue un grave error.  Empecé mi clase sobre estructuras del texto, que la oración temática y esas cosas que importan poco hasta que toca escribir un informe o una carta formal. Hacíamos un ejercicio y yo me paseaba entre la clase y cuando llegué al final del salón me encontré con mi hermanito, de tan solo diez años, y estaba lleno de lágrimas y furia. Me dijo: Ese de ahí adelante me dijo “culero”.  ¿Pero qué pasaba? Me acerqué al estudiante en cuestión y le pregunté en secreto. Naturalmente negó todo. Volví a mi hermano y le dije que quizá se había confundid...

Y usted... ¿cuándo? (Mi embarazo)

Mi embarazo no duró (ni durará) nueve meses. En realidad ha durado ya 21 años. Porque cuando yo tenía 10 años mi tía  ― que solo me llevaba cinco años, o sea ella tenía quince ―  quedó embarazada. Pero mi embarazo no es el de la acepción 2 de la RAE . Mi embarazo es el del significado 1: impedimento, dificultad, obstáculo. Durante varios días me han preguntado que ¿cuándo? voy a traer un bastardo el mundo. ¡Un bastardo? Sí, porque la lengua sigue siendo cruel y sigue llamando así a los hijos de las uniones no matrimoniales. Y si la lógica no me falla, aquí hay bastardía que cae como diluvio. He consultado de nuevo la entrada de mi amiga Loyda Salazar en la que dice que dice: " Si tuviera un dólar por cada vez que alguien me pregunta por qué no tengo hijos aún, probablemente ya tendría ahorrado para pagarme la estadía en el hospital más caro de El Salvador el día del nacimiento de mi primogénito." Hay una presión social increíble para que las mujeres que tenemos pareja es...

Las niñas se fueron

Ser niña es difícil. A veces tienes que aguantar ponerte vestidos feos que te dan picazón en la barriga o que tu papá le compre primero una bicicleta a tu hermano y que para conseguir la tuya debas hacer berrinche. O que siempre debas ir peinada al colegio porque a nadie le gusta una niña con el pelo revuelto. Nacer (ser) niña es una maldición, dijo mi abuela una vez. Me ocupa hoy un recuento cinco casos, de esos que están en los libros y en películas que me gustan. Un chance para repensar este asunto de nacer con vagina. Caso 1: Los hombres grises te roban el tiempo Cuando leí Momo, de Michael Ende, entendí que una niña iba a salvar aquel sitio. Una niña heroína, ufff, eso sí que es fuerte. ¿Por qué no tenemos más heroínas? Tenerlas sería hermoso y maravilloso. Lo que me gustó de ese libro es que Momo tiene que luchar contra la desilusión, contra ser adulto, contra esos hombres grises que representan esta horrenda vida moderna que llevamos. Sí, ser heroína... es que es complica...

Corbatas

Para mis hermanos Mi papá olía a colonia de mar. Olía a betún de zapatos y a papeles de oficina. Mi papá olía a risas de pasillos, a carcajadas en la cocineta (y los regaños del teléfono él los volvía espuma). Mi papá olía a guitarrones antiguos. Mi papá olía a números. A canción compuesta en una máquina comía papel de rollito. Mi papá olía a sumas, restas y balances positivos. Mi tata olía a historias ajenas, olía a lágrimas y alegría. Olía a compañerismo y buena conversa. Él olía a talco, olía a grasa de bicicleta, olía a mentol de deportistas, olía a camisa planchada, olía a libros viajeros que hacían amigos. Olía a grito de gol desbocado. El muchacho que fue mi padre olía a rosas amarillas, a bambú y devoción por la amada. Nuestro padre olía a preocupación contenida, a libertad constructora... En mi memoria sigue estando la barra toallera llenísima de corbatas. Azules, rayadas, de puntos, sólidas, con textura, de muñequitos... Esas corbatas que escogíamos ju...

¡Vamos al Circo!

Anoche fuimos al Circo. Y me reí como loca. Cuando llegamos estaba el hombre que tiraba fuego y un trío de músicos-payasos tocaban esa maravillosa pieza que dice Tatata tatara, tatata tatatara, y que termina con un trompetazo al cielo. Mauro Arévalo presentó anoche en el Museo de Antropología su documental Circo . Este trata de la vida circense y blablablá (puede leer del asunto acá , aquí , por acá  y por este lado ). En varios de estos rotativos dicen que se trata de mostrar  "quiénes son, cómo viven, se educan,  en qué lugar duermen, cuáles son los sueños y anhelos de quienes pasan su vida bajo la carpa ambulante del Circo".    El director del documental, Mauro, quien también es músico, se lanzó a contar una historia. Anoche estuvimos en la vida de la familia Ruiz. En la nota de El Diario de Hoy, Mauro comenta que " en la rama audiovisual, El Salvador explota la violencia y el tema de las pandillas de una forma grotesca". Apunta: "Hasta se escucha ...